TERTULIAS LITERARIAS “1º RELATO CORTO”

“LA COLA DE LAS LAGARTIJAS”

Relato corto del grupo de tertulias literarias de Es la Salamandra.

En los años cincuenta se produjeron una serie de acontecimientos sorprendentes que, aunque afectaba a toda la población, era al sector infantil a quien realmente trajo de cabeza. Se trataba del advenimiento de los siguientes prodigios:

El más llamativo era el de los niños malolientes y de ojos tristes que, en realidad, eran dos fenómenos en uno como se desprende del enunciado.

El segundo se refería al acoso del hambre, también en dos modalidades: actuando sola y en triunvirato.
El tercero consistió en que todos los maestros de escuela fueron mutilados.
Y el cuarto hace mención a una rebelión contra natura: las lagartijas dejaron de hibernar.

A saber:

Primer prodigio: Un grupo numeroso de niños no se bañaba a diario, porque ni había agua corriente en las casas, ni la suciedad estaba tan mal vista como hoy en día (lo cierto es que un poco de roña aportaba a la piel una pátina de grumosa ternura) -¡Que te como!- solían exclamar las madres, sin pensar que el acto de antropofagia tuviera que venir precedido del correspondiente enjuague de la criatura. Pues bien, cuando tocaba aseo en profundidad; es decir, en un barreño de cinc o en una pilastra del patio, al final la limpieza terminaba en lacerante frustración: el niño o la niña, tan limpios que les ardía la piel enrojecida por el estropajo, no olían bien. Nadie ha conseguido dar una explicación mínimamente aceptable a lo que podíamos bautizar como el fenómeno del pie fétido. Las familias rumiaban y rumiaban posibles razones acerca de la causa de tan desagradable situación, pero ni siquiera el reputado método doméstico de conocimiento progresivo se reveló eficaz y todo el mundo terminó por resignarse. Todo el mundo menos los docentes que, a causa de la leche en polvo y el queso enlatado que enviaban los americanos, tenían hipersensibilizado el sentido del olfato. No entendían el comportamiento de aquellas unidades corporales y se rebelaron expulsando de sus clases a los sujetos pestilentes. La revuelta corporativa llegó a oídos del Ministerio de Educación Nacional y comenzaron a dictarse órdenes institucionales prohibiendo confundir el todo con la parte y no permitiendo la expulsión integral del alumno. Porque lo que realmente olía mal de la chiquillería no era el individuo entero; sino que se localizaba fácilmente. Uno de los pies seguía el comportamiento normal y previsible del resto del cuerpo (es decir, olía a la mezcla de grasas, sosa cáustica y cenizas integradas en el jabón) mientras que el otro, producía revulsivas emisiones químicas que no solo aquejaban a las papilas olfativas; sino que se infiltraban en la mirada y ponía un velo de tristeza sobre los críos. Los calificativos procedentes que se derivaban de la situación introdujeron dos nuevas categorías censales: familias estoicas y maestros desencantados.
Sí, se trataba de un pie vengativo que fustigaba las narices y los ojos. Aunque con una diferencia sustancial: el olfato implicado era el de todas las personas próximas a la fuente de los efluvios; sin embargo, los ojos tristes solo pertenecían a los niños.

Segundo prodigio: Otro hecho a resaltar en estos años era el hambre.

El hambre, aunque se sabía personaje importante, no dejaba de ser formal y cumplidora. A la una, cuando sonaba la sirena de la fábrica, se echaba a la calle. A las dos llamaba a las puertas del vecindario. “Perdoneustedpordios” era su nombre. “¿Qué tenemos hoy para comer?” solía preguntar “Perdoneustedpordios”. Las madres de los niños de los ojos tristes le entretenían con señuelos de sopa de caldo claro con pan duro y garbanzos virtuosos. Cuando la abominable visitante se descuidaba la encerraban en el patio o en la cuadra; pero ella, saltando la tapia o alzando la aldaba, volvía a hacer acto de presencia al anochecer. Entonces era el momento en que las madres caníbales la engatusaban con algún trozo de carne venida a menos por mor de una masa sanguinolenta que llamaban pisto –en realidad era una servidumbre aparente de una triste tajada recesiva sobre un altanero tomate dominante- Mientras tanto los padres acudían en ayuda de sus esposas con sombras chinescas que, aquejadas de reuma, se movían lentamente sobre la pared encalada.

Lo peor ocurría cuando “Perdoneustedpordios” aparecía acompañada del frío y de la soledad. El nombre del frío era escueto: “Sabañones”; el de la soledad era extenso: “Ancianaquecoleccionadibujosdeindios” Cuando llegaban los tres de la mano cundía el pánico en pueblos y ciudades y las calles, echando mano de un apresurado transformismo, se convertían en famélicas, frías y desoladoras tundras siberianas. Solo las lagartijas que habían perdido la cola permanecían incrustadas en las paredes buscando la tibieza de los brazos de las farolas.

Tercer prodigio: Y ya que hablamos de brazos, reseñaremos el caso, esbozado, de los maestros de escuela. Los maestros de la singular población de los niños de los ojos tristes, eran mancos. Nunca abrazaban a sus alumnos porque tenían prótesis de madera que les injertaban al ingresar en el Cuerpo del Magisterio Nacional. En el momento que les entregaban el título profesional, los funcionarios, en una emotiva, marcial y contundente ceremonia, cantaban la nueva versión de la marcha real y al finalizar la estrofa que reza “alzar los brazos, hijos del pueblo español” procedían a despojarles de las extremidades superiores.

Cuarto prodigio: Los dos grupos formados por lagartijas y maestros, a pesar de tener en común la mutilación y la rebeldía, se odiaban. Aquellas se volvían venenosas en presencia de los maestros y éstos las viviseccionaban cada vez que se topaban con ellas. Pero para hacerles justicia (justicia es dar a cada uno lo que le corresponde) los mancos no fueron los culpables de que, en vez de aletargarse en las madrigueras durante los inviernos, las lagartijas de la década buscaran el resplandor de las esquinas para exhibir la terrible amputación de la parte trasera de su cuerpo.

Llegados a este punto el progreso científico de la época puso cada cosa en su sitio (no me refiero a que maestros y lagartijas recuperaran lo perdido porque estaríamos hablando de justicia, que, recordemos es dar a cada uno lo que le corresponde) Según el método doméstico de conocimiento progresivo la rebelión de las lagartijas se debió a dos factores: a) al instinto de conservación máximo (lo máximo que podían conservar no incluía el rabo) y b) la esperanza animal que llevaba a creer que el acto de desprenderse de apéndice tan querido, era conjuro suficiente para impedir que el hambre, el frío y la soledad volvieran a salir de ronda.

Relato corto del grupo de tertulias literarias de Es la Salamandra.

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